EL COLOR DEL DINERO A RAS DEL CÉSPED SINTÉTICO
El
futbol, donde quiera que haya empezado, en la pausa de una guerra –los
muertos no pueden recordarlo–, en Mesoamérica o Tenochtitlan, en el
holocausto judeo-alemán, en la era Hiperbórea o en el lugar común:
Inglaterra, ha rebasado expectativas y ahora es una tierra de excepción
de poder e inversiones estratosféricas, principalmente en los equipos de
Europa; algo que pareciera un fenómeno de cómplices incondicionales,
clientes y colonias por conquistar: un Imperio que se disocia de
cualquier tipo de democracia y alimenta ideas y pasiones a través del marketing. David
Beckhan fue un gran jugador con el Manchester United y terminó perdido
en la vasta distribución de marcas deportivas, sodas y ropa interior y
lejos, lejos de lo que pudo llegar a ser como futbolista.
Es
cierto: el futbol, para bien o para mal libera múltiples fuerzas
centrífugas y alcanza a países cuyas Ligas no manejan grandes capitales y
donde se escriben aún batallas emotivas adquiridas en la experiencia de
la desgracia: el sábado pasado en Argentina River Plate regresó a la
Primera División y dicho suceso dio la vuelta al mundo.

























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